SO DOES THE STONE es una entrada. Algo así como una pequeña marca en la tierra. Pero empezaré mejor por el principio: hace dos meses conocí a una poeta mexicana en una fiesta, y no puedo dejar de pensar en sus palabras. Puede que simplemente estuviera ligando conmigo, como pensé en un principio, pero quizás estuviera avisándome de que hay algo terrible bajo Filadelfia. No quiero arriesgarme, así que he empezado a marcar la ciudad.




Creo que era jueves. La invitación para asistir a una pequeña cena había llegado días antes al estudio, pero no me decidí hasta el último momento. No me gustan demasiado las reuniones sociales. Helen despedía a dos artistas españolas que habían realizado un proyecto en la cárcel de Holmesburg durante el verano. No las conocía, y tampoco conocía a la mayoría de los invitados. En realidad, no conocía a nadie más que a Helen. Quizás por eso terminé yendo.



El cielo estaba rosa cuando llegué a la casa. No había dejado de llover en todo el día, y la noche se presentaba desapacible. Aun así, Helen insistió en que tomáramos la paella en el jardín. Cuando entré había varios grupos dispersos, hablando suavemente en una oscuridad que empezaba a hacerse cada vez más profunda. La iluminación era pobre, como es habitual en Filadelfia, así que solo pude ver retazos de los invitados. Después de presentarme brevemente a las artistas españolas, Helen me empujó hacia una mujer de mediana edad con aire de ama de casa, que me miró con una timidez cercana al miedo.

(Imagen tomada por Patricia Gómez y María Jesús González)


-Le presento a Lorna. Acaba de volver a la ciudad, y le interesa mucho la arquitectura. Esta misma tarde me ha estado enseñando su última publicación, un libro de túneles. Mírelo, aquí lo tengo. Ella misma tomó las fotografías.


Helen tomó de la mesa un pequeño libro oscuro de páginas satinadas. Mostraba una sucesión de túneles bajo un cielo rabiosamente azul, y tenía un nombre raro, algo sobre medusas. Lorna parecía enfadada. Comenzó a hablar rápidamente, con el ceño fruncido, una vez que Helen se hubo alejado para saludar a una pareja que acaba de llegar.



-No me interesa la arquitectura, ni los túneles. Esto es un libro de poesía. Helen habla de los túneles porque no ve personas. La gente solo se fija en los paisajes cuando no aparecen personas por medio. Pero estas imágenes son sueños. Qué culpa tengo yo de que en mis sueños no aparezca gente. Este libro recoge mis sueños de invierno. Tuve unos sueños terribles el invierno pasado, mientras visitaba a mi hermana.

Su voz se fue suavizando, pero seguía nerviosa. Mientras hablaba, iba arrancando hojas del arbusto en el que se apoyaba, y retorcía las hojas, manchándose los dedos de clorofila. Miraba fijamente al suelo. Tomé uno de los platos de la mesa de hierro y comencé a comer pausadamente el arroz naranja, mientras Lorna continuaba su monólogo sin mirarme.

-No es raro que Helen no lo entienda. Soy muy torpe cuando intento explicar lo que quiero. Me lío, lo agolpo todo. Escribo a trompicones, con miedo, por eso pensé que sería más fácil con las imágenes. Lo triste es que soy igual de torpe con las imágenes. ¿Has intentado alguna vez copiar un sueño?

Su voz se iba haciendo más y más baja. Tuve que inclinarme para oírla mejor. Lorna miró mis zapatos y empezó a encogerse. Parecía que les dirigía a ellos la pregunta. Ni siquiera esperó a que contestara, y siguió hablando hacia el suelo.


-No me refiero a lo que sueñas para tu futuro, sino a los sueños cotidianos. Lo que soñaste ayer mismo. Piensa en un sueño sencillo. Así es como empecé, intentando copiar un sueño sencillo. Uno en el que estaba sentada en el salón de mi casa, cenando. Empecé por el salón: grabé el cuarto y no funcionó. Así que trasladé la habitación a otra habitación similar, mueble a mueble, pero una vez allí tampoco sentí lo que debía sentir. Creo que se debía a una cuestión de densidad: los muebles son más pesados en sueños. Después de la pequeña mudanza me di cuenta de que los muebles del sueño no solo estaban formados de una sustancia más densa, sino que estaban soldados unos con otros. Formaban una cáscara compacta alrededor de mí. Sin buscarlo, me estaba empezando a dar cuenta de que el lugar es esencial en un sueño. Tanto el de dentro como el de fuera ¿no crees? Para mí fue evidente después del invierno. Como le decía, tuve unos sueños terribles. Había ido a visitar a mi hermana, y el lugar me afectó terriblemente. Al principio no pensé que el lugar tuviera nada que ver con los sueños, pero así fue.


No podía dejar de mirar con curiosidad a la mujer, que intentaba hacerse cada vez más pequeña contra el arbusto. En realidad, podía mirarla como se me antojara, ya que era incapaz de devolverme la mirada. Tampoco me dejaba replicar, así que seguí comiendo sin prisas. Encontré garrafons entre el arroz, un ingrediente de lo más exótico para una paella en esta parte del mundo.


-El peor fue el tercero. Fue un sueño muy violento. Se me han borrado muchos detalles, pero hay cosas que aún puedo recordar: estaba otra vez en Filadelfia, en la entrada del museo. Era una mañana oscura. No sé qué estaba haciendo, ya que el sueño había empezado hacía rato. Estaba ocupada, rodeada de gente, cuando vino alguien. Me había estado buscando para decirme que habían encontrado muerto a G. Estaba partido en dos, en su casa. Había sido un suicidio. Me extrañó que un suicidio pudiera ser tan violento. Miré mi teléfono y vi que tenía una llamada perdida de G. Me sentí muy mal, como si lo hubiera abandonado. Cuando intenté saber más sobre el suicidio, el sueño cambió. En esa segunda parte veo una casa parecida a la que tuve de estudiante, fría y destartalada, en la calle del tranvía. Veo la calle desde arriba, como si fuera una casa de muñecas sin techo. He olvidado gran parte de lo que pasa, pero sí sé que G. está allí. Se ha transformado en una mujer bastante gorda. Callada, seria, que sufre abusos. Hay dos hombres en la habitación, uno la agarra mientras el otro la viola, ambos la violan, sin que se queje. Son los que la matan. Lo peor es que ella los conoce, es un abuso que se repite a menudo, sin dejar de ser brutal cada vez. También sé que yo soy uno de esos hombres. Cuando me desperté de madrugada, o cuando el sueño me despertó, estaba intentando cubrir la huellas del abuso. Estaba sentada en un escritorio de madera manipulando unas fotografías de la mujer, en las que aparece muy seria. Seis fotografías cuadradas de fotomatón, en dos filas apaisadas. Estaba maquillando literalmente las imágenes, intentando que sonriera. Modelaba su carne, como si fuera arcilla, con mi cuchilla roja. Cambié el color, alargué los músculos. De algún modo las fotografías estaban conectadas al monitor que estaba sobre la mesa. Lo que retocaba en la fotografía se corregía en el monitor. Y lo mejor es que inmediatamente se corregía en el sueño. En la parte que ya había soñado. Era como si toda lo noche estuviera grabada en vídeo y yo pudiera editar el pasado. Cuando me desperté estaba terminando con prisas una imagen para pasar a la siguiente. Ahora que cuento este sueño en voz alta, siento que ha perdido toda la urgencia y todas las promesas que tenía de madrugada. Pero entonces, cuando me desperté temblando, me asombró que hubiera encontrado un sistema para extirpar la brutalidad de los sueños. Espero no haberte molestado. Si te lo he contado es porque también me sorprendió la aparición de un tema que me había preocupado años atrás. El suicidio.







Me había olvidado de comer y el arroz se estaba quedando frío. Lorna tampoco parecía estar cómoda contándome ese relato tan chocante. No me apetecía seguir comiendo. Pero ella siguió hablando, ignorando mi evidente malestar.





-Me sorprendió este repentino interés en algo tan lejano. Hace algunos años pasé bastante tiempo estudiando suicidios silenciosos. Primero estudié a la gente que vive por inercia. Los que se dejan vivir sin ningún objetivo, observando su cuerpo y su vida desde fuera. Los retrataba usando plantas. Luego estudié a los suicidados, a la gente destruida por su entorno. Gente que es sometida a una presión constante, sean o no conscientes de ella. Cuando la violencia es constante pero ligera, es difícil percibirla. También usaba plantas para retratarlos: bonsáis, frutos creciendo dentro de botellas. Traté de grabar en vídeo esa violencia distendida, pero fallé. El problema estaba en la velocidad. Nuestra percepción es demasiado lenta para percibir muchos procesos: cómo se corrompe un edificio de piedra o cómo crece una encina. Nos perdemos cientos de crímenes, imperceptibles a simple vista porque duran años. Pero te digo que fue una ocupación que abandoné hace tiempo. No había vuelto a pensar en esos suicidios en años.





Un hombre joven se unió a nuestro grupo, con una suave sonrisa. Pero la sonrisa le duró poco. Lorna simuló no darse cuenta de su presencia y siguió dirigiéndome su monólogo. El arroz de mi plato estaba empezando a solidificarse. Lorna miró mis zapatos y les preguntó:



-¿Conoces el mito de Medusa? Nunca pensé que pudiera estar relacionado con mis viejos estudios suicidas. Pero los ensayos que leí sobre este monstruo en la casa de campo resultaron esenciales para entender la violencia de mis sueños. Me encanta releer viejas historias, y compararlas con  versiones nuevas. No me interesa tanto la continuidad de los personajes como sus mutaciones, ver cómo cambian para adaptarse a situaciones actuales. Y eso es lo que hace la historiadora Pilar Pedraza cuando escribe sobre figuras mitológicas: las rastrea para comprobar cómo siguen apareciendo en los lugares más insospechados. Me había llevado sus libros a casa de mi hermana, y los leía una y otra vez, para entender cómo utiliza los mitos antiguos para construir monstruos modernos. Es una maestra: estudia su genealogía, construye nuevas versiones y las introduce en ambientes actuales, para ver qué hacen. Con humor negro, porque generalmente terminan envueltos en sucesos viscosos, violentos o muy antisociales. A mí también me fascinan los mitos relacionados con la violencia, y a menudo retrato monstruos, pero no como los suyos. Los míos no son de carne. El caso es que Pedraza me enseñó varias cosas interesantes sobre Medusa. Seguramente conoces los rasgos más tópicos del mito: la cabeza cercenada, el viaje de Perseo, las víctimas de piedra, y sobre todo el hecho de que no se la puede mirar directamente, porque su mirada mata. Es una metáfora bonita sobre la ceguera. Pero también es un mito sobre lugares y piedras. Los psicoanalistas definen a Medusa como una mujer castrante que inhibe a todos los que caen bajo su influjo. Según Pedraza, otros monstruos infringen la muerte desde el exterior del cuerpo, igual que una flecha se clava en la carne. Pero Medusa hace brotar la muerte del interior del cuerpo. Quizás porque ya estaba allí. No ejerce violencia física. Más bien potencia las dudas, los miedos de quien la mira, hasta paralizarlo. Es la víctima la que cae de rodillas frente a Medusa, sin que ella haga nada. La que se devora a sí misma frente al monstruo quieto. Medusa es un espejo para suicidas. Me fascina su quietud. Se queda en el fondo de la gruta y son sus víctimas las que se acercan a ella. A menudo pienso que no hay nada físico en el fondo de esa gruta. La suya es una monstruosidad asociada a un lugar, como las casas encantadas o ciertos lugares malditos. ¿Crees que hay lugares maléficos?





Otra pregunta dirigida a mis rodillas, que empezó a contestar sin darme tiempo a abrir la boca. El hombre saludó a alguien en otro grupo y se escurrió sigilosamente, dejándome a solas con Lorna.




-Nunca me han gustado los cuentos infantiles, son crueles y poco interesantes. Pero están llenos de lugares terribles, castillos encantados, puentes con orcos, bosques laberínticos y cuevas con agua, mucha agua. Lo curioso es que me he ido encontrando estos mismos lugares a menudo, a lo largo de mi vida. Creo que nuestro cuerpo se modela con la geografía que le rodea, y hay lugares que no crearían buenos cuerpos, créeme. Filadelfia es uno de esos lugares, por eso he venido a trabajar aquí a menudo. El otoño pasado vine a la ciudad para construir un monstruo. Comencé a documentarme sobre criminales históricos, y descubrí que la mayoría de sus crímenes se localizan una y otra vez en los mismos puntos negros de la ciudad. Focos de locura. Paseaba a diario por esos lugares: pozos, o pozas, empecé a llamarlos. Pero no conseguí pasar de ahí. Por separado, cada crimen o criminal eran irrelevantes. Mi proyecto estaba estancado. No pude encontrar nada con interés suficiente para dar cuerpo a un monstruo y ponerlo a andar por la calle. Por eso acepté la invitación de mi hermana para pasar unos días en el campo. Estaba exhausta. Como imaginarás, no pensé que aquella zona me fuera a golpear de esa manera. O quizás golpear no sea la palabra adecuada, porque no fue algo negativo. Al contrario. Si vomité allí mis pesadillas fue por la resaca de Filadelfia. En el campo solo les di forma. Gracias a mis paseos pude ordenar mis sueños, y ellos me ayudaron a terminar por fin el proyecto. Y es que ese pueblo tiene una geometría rara. Está colocado en un lugar especial, entre pequeñas colinas secas y duras. Pero esas colinas de polvo y cuarzo están en realidad medio huecas, excavadas por el agua: el pueblo está construido encima de un enorme manantial. No es extraño que esté también lleno de túneles.




Lorna dejaba resbalar la mirada por el jardín, sin llegar a posarla en nadie en concreto. Yo estaba empezando a sentir el frío de la noche. Podía notar las vaharadas de humedad que subían de las plantas, y del suelo.


-Los sueños me impedían descansar. Me cansaba leer o conversar, así que empecé a pasear por los alrededores de la casa. Podía pasarme horas andando por el campo. Un día, cerca ya del siguiente pueblo, me encontré con una puerta cerca de un cementerio. Una puerta en medio del campo. Cuando pregunté por ella me dijeron que no era una puerta, sino un túnel. Y no estaba solo, sino que era parte de una red de túneles usados para almacenar armas durante la guerra. Los cerraron definitivamente en los años cincuenta, tras una explosión con muertos. Aún debían ser propiedad del ejército, pero llevaban décadas abandonados. Me gustaba esa puerta al lado del cementerio. Solía terminar allí mis paseos por el campo. Un día me di cuenta de que desde la otra parte del cementerio se veía otra puerta a lo lejos, en las colinas. Subí a verla. Al llegar me chocó enormemente encontrarme colchones, butacas y hierros retorcidos por el suelo. Y es que al ser relativamente accesible desde la carretera, los vecinos la habían usado como vertedero ilegal. Me enfadé, me pareció una profanación. Una palabra rara en mi vocabulario, profanación. Una palabra Pedraza. Y es que inconscientemente seguía pensando en mi monstruo de Filadelfia, en Medusa y los suicidios. Mis preocupaciones se filtraban en mis sueños porque no podíamos hablar cara a cara. Cara a cara solo podía mirar a la basura. Pero allí, delante de tanta inmundicia, sentí que todo empezaba a encajar. Qué pasaría si esa montaña de deshechos me estuviera esperando. Qué pasaría si alguien la hubiera ido recolectando pacientemente, durante años, para colocarla delante de esa puerta. Invitándome a entrar.







No podía moverme. Los hierros de la silla se clavaban en mi espalda. Hacía rato que tenía las manos entumecidas, y un sudor frío empezaba a molestarme en la nuca y en las axilas. Pero me parecía grosero levantarme e irme.





-Volví para descifrar la basura. No me cansaba de encontrar patrones entre tanto despojo. Una mañana busqué la otra entrada del túnel y la encontré fácilmente, ya que el túnel no era largo. Pero esa entrada era prácticamente inaccesible, por lo agreste de la vegetación. Desde esa segunda puerta vi otra boca, y luego otra más. Seguí andando durante más de una hora. Las puertas se enlazaban unas con otras, trazando una línea que se adentraba en las colinas. Los túneles no eran largos, y la mayoría estaban tapiados. De uno, a los pies de una ermita, brotaba un manantial. Fue un poco más adelante cuando encontré lo que estaba buscando: una puerta que se asomaba algo más hacia la carretera. Estaba suficientemente protegida, al tiempo que tenía una visión perfecta sobre el pueblo y los campos. Incluso estaba coronada por una atalaya. Era un lugar perfecto de caza. Una de las paredes se había desmoronado y pude entrar. Era el lugar perfecto para Medusa.


-Quizás no encontré ningún monstruo en Filadelfia porque no necesitaba ninguno. No si utilizo a Medusa: ella está adherida a un lugar. Con ella no necesito ningún perfil criminal porque sus víctimas se autoinmolan. Con ella solo necesito un lugar criminal. Y este túnel era perfecto para realizar un primer ensayo.


Lorna empezó a sonreír para sí misma. Nadie miraba hacia nosotras. En ese momento sentí no conocer a nadie en la fiesta, alguien a quien poder llamar para que se acercara. Porque no había vuelto a ver a Helen en toda la noche.


-Las seducciones del monstruo. Mi primera pregunta fue cómo atrae Medusa a sus víctimas. Otros monstruos utilizan sus encantos: las sirenas usan su voz, los vampiros promesas sexuales. Pero los textos mitológicos no explican cuál es la seducción específica de Medusa. Describen sus amenazas, pero no sus bondades. Vive en un lugar remoto, así que de alguna manera tiene que atraer a sus víctimas. Por eso pensé que la propia Medusa, en sus largos días en el fondo de la gruta, podría construir una trampa. Una red de araña. Con lo que tuviera a mano, posiblemente los despojos de antiguas víctimas. Basura y plumas. Porque seamos francas, la mayoría de sus víctimas serían pequeños animales, posiblemente pájaros.


-Me fui temprano a la montaña, para entrar en el túnel y organizar la basura. No quería que la trampa fuera repulsiva, sino seductora: una llamada cálida en un lugar inhóspito. Quería trazar un recorrido que condujera a los visitantes desde el exterior del túnel hacia su interior, en dos pasos: en la puerta un espejo invitador, y en el fondo un monstruo ausente. Pero esa ausencia me estaba dando problemas. No podía dejar la pared del fondo desnuda, por mucho que estuviera repleta de arañas. Tenía que subrayar su presencia con algo más grande y quieto, sin que dejara de estar vivo. Quizás una planta. Creciendo lentamente en el fondo del túnel, extendiendo sus raíces por toda la región, colgando lianas por cuevas y túneles. Dejándose abonar por sus víctimas. Pero no fui yo quien llegó a esa conclusión, sino Ruth Rendell.


-Había un gran número de libros esparcidos por las habitaciones de la casa de campo, en su mayoría bestsellers para leer en la piscina, libros de derecho y viejas ediciones de teatro. El libro de Rendell pertenecía a la primera categoría. La de la piscina. Me gustó especialmente un cuento titulado Madre vinagre. Es una historia infantil, contada por dos adolescentes. Las niñas se espían mutuamente, y se odian ligeramente. No pueden decir lo que quieren decir con claridad, quizás porque Rendell piensa que a esa edad no es posible. De modo que concentran todo su miedo en un tarro de vinagre. Un amigo de la familia lo lleva a la casa, como regalo. Es una pequeña fábrica natural de vinagre, un pequeño hongo que tiene que permanecer en penumbra, alimentado diariamente con vino. Lo instalan en el salón. A la vista, pero ligeramente apartado. Las niñas se obsesionan con él. Lo describen como una víscera, como un despojo que ha conseguido sobrevivir una vez arrancado del cuerpo. El líquido en el que flota es espeso y rojo como la sangre. Hay sangre de verdad, y un crimen con víctimas en la historia, pero a mí me fascinó ese frasco. Para las niñas es un foco de maldad. No se dan cuenta de que no es más que un simple bote. Cuando volví a casa, después de mi primera visita a los túneles, empecé a pintar un retrato del frasco. Lo pinté ligeramente descentrado, con una docena de lianas saliendo de su boca. Lo pinté para colgarlo en la casa de Medusa. En su salón.



-Me llevé el cuadro al túnel y lo colgué en la pared del fondo. Pero era difícil verlo. Es curiosa la iluminación del interior del túnel. Parte de la pared se ha desprendido, de modo que la única luz entra por arriba. El muro se queda a contraluz, semioculto a simple vista. No se puede mirar directamente, o si se mira, no se distinguen bien los detalles. De modo que pinté el cuadro ampliado sobre la pared. El mural y el cuadro duplican la misma imagen, como un espejo. Me costó bastante pintar esa pared, por su estado ruinoso. El mortero está completamente reblandecido, y se deshace al tocarlo. Si no se cae del todo es por las plantas que han crecido al otro lado, que empujan las piedras y las sostienen al mismo tiempo. Pinté el mural con pintura en spray, e infinito cuidado. Escogí los colores del propio túnel, el naranja oxidado de los metales abandonados y el azul casi negro del cielo. La puerta se está fundiendo lentamente con la tierra, y no quería interrumpir ese proceso. Pinté rápido, mientras se me congelaban las manos. Todo a mi alrededor estaba lleno de escarcha. Me divertí pensando en los posibles visitantes: acabarían congelándose si pasaban demasiado tiempo en el túnel. Solo sería cuestión de tiempo, y de mi habilidad para retenerlos allí. Pinté brotes y ramas saliendo del centro vacío de la pared. Ese vacío no es líquido, como en el cuadro, sino un punto ciego. Al estar a contraluz, invita a acercarse para ver si hay algo dentro. Pero no creo que nadie se acerque demasiado. No, si piensan en el negro. Cuanto más lo miraba más me gustaba ese negro vaporoso, completamente transparente. Ese negro revela la verdadera naturaleza del mural. Es un mural de sombras. Pero sombras de qué, de dónde. ¿Del otro lado del muro? ¿de algo que está a nuestras espaldas? El mural es atractivo y repulsivo a un tiempo, pero tengo que reconocer que está lejos de ser perfecto. Quizás su imperfección sea otra advertencia, la más importante de todas: ese mural no me interesa especialmente, lo que me interesa es su historia. ¿Crees que el túnel es un lugar peligroso? Yo más bien diría que lo que es peligroso son las historias que lo rodean. Quizás sea así como Medusa consigue a sus víctimas, simplemente envolviéndolas con historias.






No lo esperaba, pero en ese momento Lorna levantó la vista y me miró directamente a la cara. No puedo describir la naturaleza metálica de su mirada. Sentí un calambre en el estómago. En ese momento nos inclinamos a la vez, yo por el dolor, y ella para tenderme un pequeño cuadro del color del óxido, con una sonrisa. Quien nos viera pensaría que nos estábamos despidiendo con una ligera reverencia. Agarré el cuadro y salí corriendo de la casa, tan decorosamente como pude. Vomité durante toda la noche. Y no lo colgué en el salón, sino en un pasillo.



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